Demanda interna en retroceso: síntomas de una economía que pierde ritmo

El pasado 20 de marzo, el INEGI dio a conocer los datos del PIB por el lado de la demanda y, aunque ya sabíamos que la economía venía perdiendo fuerza, los números confirman lo que muchos temíamos: el último trimestre del 2024 no fue nada alentador.
Ya antes, el 21 de febrero, el INEGI había publicado el PIB por el enfoque de la oferta, mostrando que la economía mexicana creció apenas un 1.5% en todo 2024. Lo más preocupante es la fuerte desaceleración registrada en el cuarto trimestre, con una caída anualizada de 2.5% trimestral. Es decir, cerramos el año con el pie en el freno.
Vale la pena recordar que el INEGI calcula primero el PIB por el lado de la oferta porque ofrece un panorama más rápido y confiable de la producción. A partir de ahí, y con base en encuestas y registros administrativos, se estima también cómo se comportan los componentes de la demanda agregada: consumo privado, gasto del gobierno, inversión y exportaciones netas.
¿Y qué nos dicen estos nuevos datos de la demanda? Que el motor que empujó al PIB en el cuarto trimestre fue, curiosamente, la demanda externa, que aportó 2.5 puntos porcentuales al crecimiento. Lo preocupante es que la demanda interna —el consumo y la inversión— restó impulso al crecimiento por primera vez desde finales de 2020. Lo más alarmante: una caída tanto en la inversión pública como privada, y una desaceleración brutal del consumo (0.4% anual, muy lejos del 3.7% que vimos en los primeros nueve meses del año).
Cuando vemos los datos anuales, aparecen algunas preguntas inevitables. ¿No se supone que en los años electorales la economía tiende a repuntar? Tradicionalmente, el consumo privado y el gasto público suelen dar un empujoncito extra al crecimiento. Pero en 2024, la economía creció solo 1.5%, muy por debajo del promedio histórico de 3.9% en años con elecciones. Tanto el gasto del gobierno como el consumo privado estuvieron por debajo de su aporte habitual. Una posible explicación es que gran parte del impulso fiscal, sobre todo en proyectos de infraestructura, se concentró a finales de 2023. Ese año, el gasto público sumó 0.6 puntos al crecimiento mientras que, en 2024, prácticamente desapareció. Lo mismo ocurrió con el consumo privado, que pasó de aportar 2.9 puntos al crecimiento en 2023, a solo 2 en 2024.
Lo que sigue pinta complicado. Generalmente, después de un año electoral, la economía mexicana suele frenar un poco antes de retomar el paso. Pero esta vez, los datos apuntan a algo más serio: una posible recesión técnica (dos trimestres consecutivos de contracción). El estimado más reciente del INEGI sugiere que el primer trimestre de 2025 también será negativo, con una leve mejora en enero que fue seguida por una caída en febrero, según datos del Indicador Oportuno de Actividad Económica (IOAE). Aunque en marzo hubiera un repunte moderado, el trimestre ya estaría perdido.
Además, el panorama externo tampoco ayuda. La incertidumbre por posibles aranceles ha empezado a pesar sobre las expectativas. Según las últimas encuestas del IMEF y Citi (20 de marzo), las proyecciones de crecimiento para 2025 se han recortado a apenas 0.6%. El escenario más pesimista lo presentó la OCDE que planteó algo aún más serio: una recesión con caídas de -1.3% en 2025 y hasta -2.5% si se concretan aranceles bilaterales del 25% entre EE.UU., Canadá y México. No olvidemos que este tipo de amenazas —muy al estilo de Trump— suelen formar parte de una estrategia de negociación, pero eso no reduce el daño que hacen al generar tanta incertidumbre.
El panorama hacia adelante parece complicado. La economía no es una abstracción y pronto se empezará a sentir en la calle, en el supermercado, en la generación de empleo, así como en las decisiones que cada familia toma día con día.
No se trata solo de tasas de crecimiento o encuestas de confianza; se trata de cómo ese entorno económico va moldeando expectativas, frenando proyectos o acelerando ajustes forzados. La incertidumbre es alta y el margen de maniobra de la política económica es cada vez más limitado, especialmente en materia fiscal.
En un contexto como este, conviene mantener la cautela, leer bien las señales y no perder de vista que, cuando el entorno se vuelve frágil, las decisiones responsables marcan la diferencia.
