El que agarra la pata

17-07-2017 00:57

No bien concluían siquiera los procesos electorales del pasado 4 de junio, y ya saltaban a la palestra uno, dos… varios aspirantes por distintos partidos o independientes, para contender por la presidencia de la República en las elecciones del 2018.

Pensándolo bien, desde mucho antes por lo menos cuatro de ellos ya habían dejado en claro su ambición: Andrés Manuel López Obrador; Ricardo Anaya; Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle. Otros como Miguel Mancera no daban certeza pero tampoco se negaban.

Hoy la lista de contendientes va creciendo exponencialmente. Llegará el momento en el que el sentido común prevalezca, y aquellos que cuenten con algún capital político sumen fuerzas y busquen alianzas mediante las que, a cambio, obtengan candidaturas a alcaldías, diputaciones locales o federales, o cierto cargo a cambio del apoyo que otorguen.

Aclaro que no es mi intención adentrarme en la futurología: aún falta mucho tiempo y son muchas las variables que se deben de considerar para poder realizar cualquier pronóstico, aunque algunos aseguren desde ahora conocer el resultado de las futuras elecciones.

 

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Mi propósito es enfocarme en las agendas políticas que son el eje central de los aspirantes a candidatos, y que no en balde coinciden con los temas centrales de lo que se dice ser la opinión pública: la corrupción, la violencia/inseguridad, y la inequidad en la distribución de la riqueza/pobreza de la mayoría de la población.

Yo, como seguramente muchos de ustedes, he tenido la oportunidad de conocer las plataformas políticas de todos los aspirantes a candidatos a la presidencia de la República, sea porque he participado en foros en las que las presentaron o porque las he escuchado en entrevistas radiofónicas o en conferencias.

Es posible que sea demasiado pronto para que quienes pretenden contender por una candidatura presenten en detalle su plataforma política, sin embargo, sorprende que en todos los casos, el eje en el que centran su discurso, sea exclusivamente el problema de la corrupción.

 

La corrupción parece ser el principal tema de los candidatos a la presidencia de México 2018.

 

No me malinterpreten. Coincido plenamente en considerar el problema de la corrupción como prioritario en cualquier agenda política, pero la solución a ese mal sistémico tiene que ir acompañado de un plan que involucre a todos los implicados, y eso alcanza no sólo a la clase política sino también al sector empresarial, y de ellos nada se habla.

Cuando en México hablamos de corrupción, automáticamente pensamos en política. Desasociamos al sector privado o al individuo, que es cómplice y clave en cualquier contrato de obra pública. Exculpamos a las empresas “porque tienen que pagar el diezmo”, sin siquiera plantearnos la posibilidad de que sean ellas las que lo ofrezcan con tal de ganar la obra.

Curiosamente, en el caso de corrupción no aplica el dicho de que “tanto peca el que mata a la vaca como el que le agarra la pata”.

 

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Y es que en el asunto de la corrupción hay por lo menos dos partes involucradas: una, el funcionario público o gobernante que otorga una concesión, prebenda, contrato o una decisión que favorece a un tercero a cambio de un beneficio; y un tercero que está dispuesto a pagar ese beneficio por obtener la concesión, prebenda, contrato o decisión del funcionario.

Ese tercero “beneficiado” puede ser: a) otro funcionario público o gobernante, b) un miembro de la familia del funcionario público o gobernante o algún amigo o prestanombres –en cuyo caso es para enriquecimiento personal; o, c) en muchos casos, una empresa o individuo.

Lo cierto es que la corrupción es un mal sistémico que es causa y consecuencia en el ecosistema nacional, empero, a ojos de la opinión pública, la corrupción es culpa y atribución exclusiva de la clase política.

Y es así porque en el imaginario popular así se ha construido, no importa que para vender cualquier cosa en las aceras o en las esquinas sin contar con un permiso, los ambulantes prefieran pagar “mordida” a los secuaces de los delegados en turno para seguir vendiendo, eso no es corrupción. Como no son infinidad de actividades que diariamente realizamos aun a sabiendas de que son contrarias a las normas.

El hecho es que a ojos de la “opinión pública” y como agenda política, el problema de la corrupción es exclusivo de la clase política, o así nos lo ha hecho creer la élite que más se ha beneficiado de esa corrupción que por décadas los privilegió con canonjías, proteccionismo, concesiones, leyes y decisiones que les permitieron crecer y consolidarse en un pequeño grupo que detenta el poder de facto.

 

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Esta élite utiliza la propaganda, con la intención sistemática y deliberada de conformar percepciones, manipular conocimientos y dirigir comportamientos para obtener el resultado deseado. Y no, no me refiero a la publicidad sino a la “Propaganda” conforme a lo expuesto por Edward L Bernays:

“La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados de las masas es un elemento importante de cualquier sociedad democrática. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen el gobierno invisible que es el verdadero poder de nuestro país.” 

Siguiendo esta línea de pensamiento, el renombrado teólogo y politólogo estadounidense Reinhold Niebuhr, explicaba que la persona promedio es demasiado infantil y estúpida para saber lo que es bueno para ellas, y que para mantener las instituciones democráticas se requiere de la manipulación ideológica y religiosa y que es correcto porque es por su propio bien.

Considerando lo anterior, propongo que en la siguiente exposición de la plataforma política de cualquier aspirante a candidato a la presidencia de la República, cuando se refiera a frenar de tajo a la corrupción, nos detengamos un momento a reflexionar o le propongamos nos explique, a cual corrupción se refiere: a la de la clase política, a la del sector privado o a la sistémica, no vaya a ser que nos tilden de estúpidos.

 

Twitter: @PuriCarpinteyro

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