Salida, voz y lealtad electorales

16-02-2018 09:22

Al término de las precampañas es claro qué tienen que hacer los principales contendientes presidenciales para mejorar sus posibilidades de victoria. José Antonio Meade, tercer lugar en casi todas las encuestas, debe deslindarse de la corrupción, inseguridad y pobreza que le endosa el PRI, sin perder a los priistas; Ricardo Anaya, persistente segundo lugar, debe consolidar su gelatinosa coalición con propuestas que no la fracturen y sean atractivas como opción de cambio. Andrés Manuel López Obrador, el puntero, debe evitar perder su ventaja cometiendo errores o permitiendo que su pragmatismo haga indiferenciable al proyecto de MORENA de lo hecho por el PRI.

Lo que no está claro es qué tienen que hacer sus simpatizantes que no forman parte de su voto duro para mejorar la perspectiva de que sus preferencias políticas estén reflejadas en el candidato ganador. Claramente este no es problema para quien sigue la disciplina partidista, pero para los ciudadanos a la espera de más información para decidirse o para aquellos que ya saben cuáles son las peores opciones y quisieran bloquearlas, si lo es. Para ellos, una guía de acción es la obra de Albert Hirschman “Salida, voz y lealtad”, pensada para redondear la cuadratura de algunos economistas, pero particularmente pertinente para el análisis político.

 

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En la economía de libro de texto, frente a un cambio negativo para sus intereses los agentes simplemente optan por la salida – abandonan el producto más caro o de menor calidad de una empresa para sustituirlo por el de otra. Pero para Hirschman los actores (económicos o políticos) tienen otra opción: usar su voz, es decir, reclamar como consumidor o ciudadano la mejora de lo que se les ofrece. La propensión a salir o usar la voz está determinada por el grado de lealtad a una empresa o partido político. A mayor lealtad, por razones de ideología, por ejemplo, menor la velocidad de salida y mayor uso de la voz, exigiendo cambios y definiciones.

Para los simpatizantes de Meade es tiempo de considerar seriamente la opción de salida: abandonarlo como su candidato. Su continuo rezago y declive en las encuestas está erosionando la “lealtad” que proporciona la perspectiva de conservar el poder. Para algunos priistas, alinearse tempranamente al mejor posicionado puede significar una ganancia respecto a mantener su apoyo. Para los demás simpatizantes, esto convierte el cambio de su preferencia política en la estrategia dominante.  Mantener la intención de votar por Meade no mejoraría la probabilidad de que lo que se prefiere triunfe y sacrificaría la posibilidad de ejercer el “voto útil” para bloquear al menos preferido.

Para el creciente número de ciudadanos que ven con buenos ojos a Anaya, el ejercicio de su voz es vital. El ocupar el segundo lugar en las encuestas mejora la “lealtad” de sus posibles votantes derivada de una perspectiva de triunfo no despreciable. Pero este factor no es suficiente. Si los votantes indecisos decidieran sólo por quien va adelante en las encuestas el triunfo de AMLO estaría asegurado hoy. En este sentido, este grupo de simpatizantes requiere de Anaya propuestas detalladas sobre muchos temas. Por ejemplo ¿Qué políticas concretas propone más allá del Ingreso Básico Universal? ¿Cómo piensa combatir la corrupción, la inseguridad y la pobreza?  Las respuestas deben ser exigidas.

 

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Finalmente, quienes no ven en López Obrador a un Mesías, pero le dan su apoyo, deben cuestionar su lealtad.  ¿Realmente AMLO les ofrece el producto político que desean? ¿Va a poder cumplir sus ofertas? ¿Se está rodeando de quienes mejor pueden atender las demandas ciudadanas? Si esto es dudoso no necesariamente significa que deban abandonarlo como candidato, pero si usar su voz. Es necesario cuestionarlo y pedir amplias explicaciones. Si por alguna razón no les diera las respuestas buscadas, o ni siquiera hubiera de su parte disposición al diálogo, y siguieran apoyándolo, la “lealtad” desplegada sería ciega o de pura conveniencia. Aténganse a las consecuencias.

Tenemos un ambiente político en donde el pragmatismo domina y las líneas ideológicas se han vuelto borrosas o inexistentes, con lo que las lealtades duraderas son más difíciles de identificar. Además, están por aparecer en escena actores inéditos: los candidatos independientes. Hoy no parece que puedan llegar muy lejos, pero si estos llegan a figurar pondrán a prueba lealtades partidistas y redistribuirán, en alguna medida, los porcentajes de votación. Por estos y otros factores, es más pertinente que nunca el lugar común de que cualquier cosa puede pasar. Aunque, ciertamente, cada cosa tiene muy distinta probabilidad de ocurrencia.

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