¿Y ahora qué?

24-01-2017 09:09

Cuando estalla la crisis de deuda externa, allá por 1982, el país se vio inmerso en una profunda crisis que duró prácticamente el resto de esa década, como resultado del agotamiento del modelo desarrollista llevado a cabo desde el inicio de la década del 1950.

La respuesta, producto de la crisis, fue un cambio en el paradigma: se satanizó el desarrollismo (nacionalismo revolucionario) liderado por el estado y se sustituyó por una economía abierta. En ese momento, no había de otra.

Así, México inició un proceso de integración global lo que consistió en la modernización de la economía que incluyó entre muchas otras la apertura comercial y financiera.

Desde entonces el país ha registrado una tasa de crecimiento económico muy por debajo del potencial que marcaría su nivel de desarrollo. Este de por sí mediocre rendimiento ha sido impulsado por el sector externo desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). De hecho, éste se convirtió en el motor del crecimiento.

Así, la Nación apostó al sector externo. Si bien nadie niega las bondades del sector externo, se nos olvidó en el camino aprovechar las oportunidades que normalmente trae consigo esa estrategia, como lo es la absorción de tecnología y la consecuente innovación.

Otros países que siguieron la misma estrategia de apertura (solo por citar dos ejemplo, Corea del Sur desde los 1970s y Chile, a su estilo agroindustrial, a partir de los 1980s) aprovecharon (o burdamente, “copiaron”) la difusión de la tecnología (en su sentido amplio) para competir en un mundo global y desarrollaron sus propias marcas en los sectores que consideraron “clave” para su economía. Ello permitió la formación posterior de un sólido mercado interno.

Así, México se concentró, por un lado, en maquilar para la exportación ciertos productos que tenían en principio un mercado asegurado en los EEUU: electrónicos y automóviles (y nos encontramos ahora con la industria aeronáutica), y por otro, a producir bienes primarios. Prácticamente no surgió ningún sector sofisticado tecnológicamente en el que México mostrara un importante desarrollo propio. Nos quedamos esperando el desarrollo del mercado interno, que presumiblemente aparecería con el tiempo. La pobreza y la desigualdad continuaron en niveles altos (si bien no empeoraron).

En suma, México no ha alcanzado el desarrollo esperado proveniente de la numerosas reformas realizadas desde 1990 (alrededor de 400!). Encima de eso, el mundo ahora se dirige a un nuevo ciclo de proteccionismo (debe decirse que las globalizaciones han seguido un patrón cíclico en la historia de la humanidad) y al haber apostado únicamente al sector externo como motor de desarrollo, pues  nuestro panorama luce desfavorable. Peor aún, hoy ya sin la cacareada sanidad de las finanzas públicas de otros años recientes.

¿Qué hacer? No es claro pero la coyuntura presenta una oportunidad de repensar el modelo a seguir en el largo plazo que se necesitaba con o sin Trump. Es importante reivindicar la importancia del sector externo al que no se debe renunciar, pero igualmente importante es discutir otros elementos complementarios y requeridos que permitan el desarrollo del país. A manera de aventura mencionaré algunos de manera preliminar[1].

Primero, reconocer en la política industrial un papel fundamental en el desarrollo de las economías. Si bien su diseño debe ser inteligente para alcanzar efectividad en los resultados, ello no significa una vuelta al desarrollismo (con sus fallas y prebendas ya de sobra analizadas), sino un enfoque integral y concatenado con la política de innovación tecnológica (hasta el momento ésta sigue soslayada e infortunadamente sin brújula, y es menester entender que el requisito no es necesariamente más recursos sino primero hacer un mejor uso de  lo que se gasta hoy con una política de mejoramiento de incentivos y no solo de creación de oficinas y de cambios de organigramas/leyes y, una vez que se pruebe su eficiencia, incrementarlos posteriormente). Esto lo hacen la mayoría de los países avanzados.

Debe decirse que actualmente se cuenta con nuevas técnicas de análisis y diseño de instrumentos que permitirían evitar los vicios del pasado (mecanismos de subastas y emparejamiento -matching, transparencia,  manejo de “big data”, diseño de incentivos, etc).

Solo por citar un ejemplo en este sentido, el atlas de complejidad económica desarrollado en Harvard y elaborado en México por el profesor Gonzalo Castañeda, del CIDE, posibilita identificar sectores económicos hacia los que los esfuerzos podrían dirigirse.

Asimismo, es imprescindible una transformación del sector público lo que implica, entre muchas cosas, un nuevo pacto federal (un cambio radical en las relaciones fiscales intergubernamentales) y una nueva política social y fiscal, alejada de los clientelismos. Una verdadera seguridad social universal es impostergable.

Otro factor importantísimo es reevaluar la política alimentaria, la que se dejó en manos del sector externo. Hoy día, si los EEUU decidieran una guerra comercial, no habría autosuficiencia (y no estoy seguro si seguridad) alimentaria, sobre todo en el producto más importante para el país, a saber, el maíz, lo que ocasionaría problemas sociales de envergadura inimaginable. La liberalización a ultranza destruyó la seguridad alimentaria porque se pensó que era incompatible con ella, lo que fue una gran equivocación.

Pero todos estos elementos no rendirán los frutos sin un verdadero estado de derecho. Este cuenta con cuatro componentes importantes: primero, el registro de la propiedad privada; segundo, un marco jurídico que establezca claramente las reglas del juego; tercero, un árbitro imparcial que señale cuando dichas reglas se violen y, cuarto, un aparato que ejecute expeditamente la sanción del árbitro. México necesita trabajar en los cuatro aspectos. Si alguno de ellos falla, el estado de derecho se debilita.

Por último, es necesario señalar que un nuevo paradigma necesita de la renovación de los cuadros. Es necesario que los nuevos funcionarios traigan nuevas ideas y que vengan sin las inercias de los actuales, pues a éstos las ideas ya se les agotaron. Hay que pensar “fuera de la caja”, sin renunciar a lo andado correctamente.

Por lo pronto, el país debe repensarse, aunque implique un doloroso corto plazo (que de cualquier manera así será).

 

[1] El corto plazo será muy volátil.

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