Un insulto a la inteligencia

07-03-2017 14:49

“Durante generaciones, Europa siempre ha sido el futuro”. Así comienza el Libro blanco sobre el porvenir de Europa elaborado por la Comisión Europea, en el que hace unas serie de reflexiones -32 páginas- sobre qué hacer en un momento especialmente difícil para la construcción europea.

El documento recuerda que fueron Altiero Spinelli y Ernesto Rossi, dos presos políticos deportados por un régimen fascista en la isla de Ventotene durante la II Guerra Mundial, quienes comenzaron la andadura.
Su manifiesto 'Por una Europa libre y unida' describía un territorio en el que aliados y enemigos pactarían para que nunca se repitiesen los 'antiguos absurdos' de Europa.

Sesenta años después, Europa ha perdido la iniciativa. Es un bote que navega girando sobre sí mismo hacia ninguna parte. Sin una orientación clara y a merced de los acontecimientos. Probablemente, porque ha sido víctima de su propio éxito como proyecto político.

Ninguno de los padres fundadores hubiera podido pensar que seis décadas después de la firma del Tratado de Roma, sin guerras y sin hambrunas, Europa iba a constituir un espacio de libertad y de respeto a los derechos humanos. Al menos, hasta que la crisis de los refugiados ha puesto a Europa ante el espejo de sus propias vergüenzas.


Sede de la Unión Europea

Esto no es óbice, sin embargo, para que Europa siga siendo una formidable realidad. Constituye el mayor bloque comercial del mundo, posee la segunda moneda más utilizada en las transacciones internacionales, cuenta con un imponente sistema de innovación y, sobre todo, ha logrado un formidable modelo social que hace que 22 de los 32 países más igualitarios del mundo sean europeos (España ocupa el puesto 26).

Pero también Europa contará en 2030 con la población más envejecida del mundo y tiene un problema estructural (como EEUU) de productividad, lo que explica las elevadas tasas de desempleo y el débil crecimiento.
Y lo que no es menos importante: el modelo de integración hace aguas porque en los últimos años -desde luego desde el comienzo de la crisis- la semilla de la discordia ha fructificado.

Islandeses de la tercera edad del video Hoppipolla de Sigur Rós

 

Derecha e izquierda, arriba y abajo

Los nacionalismos, los populismos, la demagogia, la crisis de legitimidad de las instituciones europeas o la desconfianza en la política son hoy algo más que una amenaza. Si antes Europa se había forjado sobre un pacto entre la derecha y la izquierda, ahora esa división se ha fragmentado entre los de 'arriba' y los de 'abajo', los proteccionistas y los partidarios de la globalización; los proeuropeos y los antieuropeos...
En definitiva, Europa es el reflejo del mundo multicéntrico que se ha impuesto tras el fin de la hegemonía bipolar, y que ha fragmentado las ideologías, y, con ello, la gobernabilidad.

 

Europa contará en 2030 con la población más envejecida del mundo y tiene un problema estructural (como EEUU) de productividad

 

Como se sabe, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha planteado cinco escenarios para salir del colapso: dejar las cosas como están; convertir la Unión Europea en un simple mercado único; profundizar en la integración con una Europa a varias velocidades; hacer menos Europa, pero más eficiente o pisar el acelerador y caminar directamente hacia la unión política, en línea con los países federales.

Juncker ha hecho alguna autocrítica a la hora explicar lo que ha pasado, pero olvida que la crisis de legitimidad no ha caído del cielo. Han sido errores de bulto, hasta groseros, los que explican el resurgir de los ataques a la idea de Europa, cuyas instituciones se han convertido en un gigantesco aparato burocrático y administrativo sin alma política.

Y es un insulto a la inteligencia pensar que los ‘populismos’ -que son la consecuencia, no la causa- tienen la culpa.


​Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea.

Europa, de hecho, camina ya desde hace algunos años en varias velocidades. Justo desde el momento en que Alemania -con el respaldo de los países de su área de influencia- dividió al continente entre acreedores y deudores sin dar una solución estructural al problema de la deuda.

O lo que es lo mismo, desde el momento en que se prefirió dar un enfoque fundamentalmente económico a problemas de naturaleza política que tenían que ver, esencialmente, con el diseño institucional del euro, cuya arquitectura institucional ha permitido a los ciudadanos alemanes, y gracias a la globalización, alcanzar un nivel de bienestar nunca antes visto en su historia. Sin duda, también, por méritos propios.

 

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Esta ausencia de la 'política' explica algunos problemas de fondo no resueltos. En particular, las consecuencias que han tenido para el continente decisiones que necesariamente iban a afectar a la línea de flotación de la construcción europea, como la entrada de China en la OMC (Organización Mundial de Comercio) sin ser una economía de mercado o la apresurada apertura hacia el Este sin que la democracia hubiera estado plenamente consolidada en la mayoría de esos países.

El comportamiento de algunos gobiernos, como los de Hungría y Polonia, solo podía enfurecer a muchos ciudadanos y desprestigiar a la UE. Y así ha sido. Pero había un sólido interés por abrir las fronteras hacia el Este por razones puramente económicas.

El hecho de que en su día se aplicara a Polonia el llamado Mecanismo de Estado de Derecho, un instrumento que debe obligar a los países a cumplir con los valores fundamentales de la Unión, no parece suficiente para atajar una tendencia creciente ignorada por la Comisión.

 

Insultos y disparates

Es curioso, en este sentido, que cuando el ultranacionalista austríaco Jörg Haider al frente del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) se convirtió en una seria amenaza contra los ideales de Europa, la reacción fue fulminante. Hasta el punto de que, incluso, se aprobaron sanciones diplomáticas contra un país que forma parte del núcleo más democrático de la UE.

Sin embargo, en los últimos años, la Comisión Europea ha mirado para otro lado cuando los ‘otros Haider’ han llenado la Eurocámara de insultos y disparates sin que nada, ni nadie, haya puesto el grito en el cielo. Sin duda, porque la economía había descubierto territorios de bajos salarios con los que poder competir con China.

 

Europa camina desde hace años en varias velocidades. Desde el momento en que Alemania dividió al continente entre acreedores y deudores

 

 

 

La división de Alemania, antesala del muro de Berlín.

Lo que está detrás de este comportamiento un tanto cínico es, probablemente, la ausencia de un liderazgo político que Alemania se niega a aceptar. Seguramente, por un complejo nacido tras la derrota de 1945, y que afecta no solo a Berlín, sino al resto de países que todavía observan con suspicacia la hegemonía alemana.

Sacudirse ese complejo por ambas partes es la verdadera prioridad de Europa. O lo que es igual, reivindicar la supremacía de la política frente a la economía, que es justamente lo contrario de lo que se ha hecho en los últimos años.
Algo que podría permitir encarar de una vez problemas que se han enquistado en la construcción europea, como el elevado endeudamiento de algunos países que limita el crecimiento a largo plazo o el asunto de los refugiados, donde cada gobierno está dando soluciones nacionales a un fenómeno global.

Michel Spence, el premio nobel se preguntaba recientemente: ¿Será el futuro de Europa un choque de trenes a cámara lenta, o una nueva generación de líderes más jóvenes dará un giro hacia una integración más profunda con crecimiento inclusivo? Spence reconocía, esto es lo significativo, que él no descartaba ninguna de las dos posibilidades.

@mientrastanto​

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