Cinetlán
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Suspiria, las Bacantes y la eternidad de la danza

16-01-2019 10:45

Suspiria (2018), la evocadora película de Luca Guadagnino, demuestra como la danza bacanal sigue siendo poderosa.

Hay mucho poder y fuerza en las oscuras coreografías de Damien Jalet, mucha esteticidad.
Hay mucho poder y fuerza en las oscuras coreografías de Damien Jalet, mucha esteticidad.

Cientos de años antes de Cristo, la religión griega que se expandió por el mundo con las guerras coloniales de Alejandro Mango, se cimentaba en el culto de Dionisio.

Entre los importantes rituales dionisiacos se encontraban las bacanales: las mujeres de la ciudad subían la montaña (estaba estrictamente prohibido que participara un hombre de estos ritos, como puede verse en la tragedia de Eurípides, Las Bacantes) sacrificaban animales, comían de su carne cruda, bebían alcohol y sustancias alucinógenas, y terminaban los ritos hasta que eran poseídas eróticamente por Dionisio. La culminación de los ritos era una danza.

Eran rituales femeninos muy poderosos en el pensamiento colectivo, al grado que duraron siglos. El cristianismo se propuso aniquilar todo culto pagano y principalmente el de Dionisio, utilizó la iconografía para cambiar de signo los símbolos de la religiosidad helénica, los volvió demoniacos. La estampa de Pan, de Dionisio, el dios con patas de cabra y cuernos de chivo, con enorme falo, se volvió la imagen del demonio. Las bacanales, estos rituales femeninos, los llamo brujería. Y así llegaron hasta nosotros. Se constata lo que tanto obsesionó a Tolkien: el sistema de mitos y creencias nunca desaparece del todo, sino que siempre deja una huella en el mundo.

Suspiria (2018), la evocadora película de Luca Guadagnino, demuestra como la danza bacanal sigue siendo poderosa. Esta película evoca placeres ambivalentes: por un lado la fuerza estéticamente impactante del cuerpo que danza, que transforma el espacio con su melodía de caricias, golpes, giros, en una arquitectura etérea de movimientos. Porque como lo intuía Nietzsche, la danza es quizá el arte más cercano a Dios. Nada más sagrado que el cuerpo, y más sagrado aún cuando se agita poseído por Dionisio, nos embelesa con su misterio, nos encanta. Hay mucho poder y fuerza en las oscuras coreografías de Damien Jalet, mucha esteticidad. Como contrapunto a las oscuras danzas, otros cuerpos son maltrechos, se rompen. Se expresa así la tragedia del cuerpo, el terror de su fragilidad, estos cuerpos que se subliman en el arte, también se retuercen en un origami terrorífico.

 

...como lo intuía Nietzsche, la danza es quizá el arte más cercano a Dios.

 

Pensé en aquel horrible testimonio que me hizo llorar mucho, en la obra maestra documental de Claude Lanzman, Shoa (1985), cuando testimoniaba un sobreviviente del holocausto Nazi cómo habían tenido que apilar cientos de cadáveres y luego se les obligó a remover esos cadáveres, y manifestaba como los cadáveres que habían quedado al fondo de la pila, se deshacían en sus manos. Es inenarrable el horror que expresa aquel hombre y que no puede describir con palabras, de ver un cuerpo aplanado, delgado como una hoja de papel, débil, que se fragmenta.

Suspiria también nos conduce por los horrores del cuerpo, desde su fragilidad. Pero es la danza la que sublima la película de Guadagnino: la danza que se conecta con el espíritu a través de su naturaleza ritual implícita, porque sin proponérselo en esta película se manifiestan las milenarias Bacantes en sus ceremonias dionisíacas, y todo ese poder ritual desborda la pantalla e impacta en el espectador. En la escena postcréditos, Suspiria pone la mano sobre nosotros para que también seamos capaces de olvidar, como uno de los personajes de la película, todo lo que presenciamos.       

 

ADENDA

En los Cantares de Dzitbalché se describe un antiguo ritual maya.

Se elegía a un hombre virgen, preferiblemente un guerrero. Este hombre recorría toda la provincia. En cada pueblo se le rendían fiestas y homenajes hasta llegar al templo en un fecha calendárica, se embellecía, se le untaba con grasa de venado el cuerpo para que brillara, se le decoraba corporal y facialmente como un guerrero que va a ver cara a cara a los dioses, bebía brebajes que aumentaban la fuerza y la resistencia, ayunaba. Al amanecer, con el sol asomando por el horizonte comenzaba a danzar, al ritmo de la música maya.

Los más elevados guerreros del reino, tomaban sus arcos y flechas, y lo llenaban de saetas hasta que el danzante herido de muerte desfallecía. El guerrero que podía danzar más tiempo y soportaba más flechas era más admirado.        

ACERCA DEL AUTOR
Luis F. Gallardo
Nació en la Ciudad de México, en medio de los cohetones que echaban los suavos y zacapoaxtlas para conmemorar la batalla de Puebla, un 5 de mayo de 1975. Pertenece a la generación 1996 del CUEC, donde estudió Cinematografía, también estudio Letras Hispánica en la UNAM. Se especializa en guiones de programas de televisión cultural y educativa, de esos que pasan de madrugada. 18 años de experiencia en docencia, capacitación e investigación cinematográfica. Ha visto un par de películas. Baila salsa.
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