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El fin del mundo recordado por Sergio Pitol

13-04-2018 16:00

El escritor mexicano Sergio Pitol falleció, pero sus memorias siguen en sus obras tanto fantásticas como autobiográficas

Sergio Pitol falleció la mañana del 12 de abril de 2018, a los 85 años (Foto: Universo/Universidad Veracruzana) Agrandar
Sergio Pitol falleció la mañana del 12 de abril de 2018, a los 85 años (Foto: Universo/Universidad Veracruzana)

 “En mi experiencia personal, la inspiración es el fruto más delicado de la memoria”, escribió en su obra autobiográfica El mago de Viena el novelista, traductor y diplomático mexicano Sergio Pitol, fallecido la mañana del 12 de abril de 2018.

La frase resalta la importancia del recuerdo en la labor literaria para Pitol, pero también acentúa la tragedia de sus últimos días. El autor de El arte de la fuga e Infierno de todos falleció a sus 85 años por complicaciones de una afasia progresiva primaria, enfermedad que atacó su capacidad lingüística y después su memoria.

 

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La noticia fue dada a la prensa mexicana por Luis Demeneghi, primo de Pitol, quien ya había hablado públicamente sobre el diagnóstico de la enfermedad en 2009, cuatro años después de que Pitol recibiera el Premio Miguel de Cervantes, uno de los más prestigiosos de la literatura en español.

La afasia progresiva, según el Centro de Información para las Enfermedades Genéticas e Inusuales, es una enfermedad neurológica que deteriora las capacidades comunicativas y lingüísticas, y cuyas complicaciones pueden afectar el habla, la escritura y la memoria.

“Lo que tiene mi primo ya es la etapa terminal de su enfermedad, ya no reconoce, ya no habla, ya no se da cuenta de las cosas, de su entorno”, dijo Demeneghi a un periódico local en 2017, añadiendo que los amigos de Pitol poco habían sabido de él desde hacía más de medio año.

A pesar de lo trágico de sus últimos momentos, Pitol deja un conjunto de obras en las que el recuerdo es punto central. Cultivador del género del memoir, o memoria, escribió textos autobiográficos como El arte de la fuga, El mago de Viena y Una autobiografía soterrada, donde deja sobre el papel recuerdos que fue rescatando a lo largo de su vida. 

Además de estos libros, a sus lectores les quedan otros textos dispersos en los que Pitol habla sobre sus vivencias de juventud, como aquella vez que estaba en altamar y pensó que era el fin de la civilización.

 

Cuando casi llegó la Tercera Guerra Mundial

El 13 de agosto de 1961, Sergio Pitol iba rumbo a Bélgica montado en un barco alemán cargado de pasajeros belgas y holandeses, listo para comenzar un viaje por toda Europa empujado por varios artículos del historiador de arte Bernard Berenson y por lo decepcionado que estaba de México.

Según recordó él mismo más de 30 años después, en un texto publicado en una revista literaria de la Universidad de Connecticut, ese día pensó que comenzaría la guerra definitiva, la que esta vez sí acabaría con el mundo.

Pitol y el resto de los pasajeros del Marburg, un barco de la marina mercante alemana, se encontraban desayunando cuando se les hizo saber que el bote tenía órdenes de abandonar su itinerario y dirigirse directamente al puerto alemán más cercano, donde les indicarían qué hacer.

 

Sergio Pitol viajó y escribió por todo el mundo (Foto: Universo/Universidad Veracruzana)

Sergio Pitol viajó y escribió por todo el mundo (Foto: Universo/Universidad Veracruzana)

 

Los oficiales del barco, recordó Pitol, cambiaron su actitud de un momento a otro, tratándolos con poco tacto y bastante desdén. “¡De repente se habían convertido en nuestros amos!”, escribió.

Fue entonces que los rumores apocalípticos comenzaron a circular. Primero se dijo que estaba a punto de estallar la tercera guerra mundial, y más tarde se alegó que la guerra ya había comenzado.

“En menos de lo que canta un gallo”, rememoró Pitol, “la imaginación se había desbarrancado en el delirio”. Se habló de un golpe de estado en Roma, ejecutado por el Partido Comunista italiano. Los comunistas habían tomado el Vaticano, decían, y hasta el entonces Papa Juan XXIII había sido sacado con toda rudeza a la Plaza de San Pedro tras un intento de escape.

Otros hablaban sobre la devastación de la ciudad neerlandesa de Rotterdam, mientras que había quienes aseguraban que la ciudad que había sido destruida era Núremberg, o Marsella, o Salerno, o las tres.

Los pasajeros pasaron horas en torno a una radio intentando captar alguna estación europea que les diera la notica. Pero ninguna confirmaba ni desmentía los rumores que estaban corriendo por todo el Marburg.

Lo único que tenían por Seguro, decía Pitol, es que había un incremento en las tensiones entre el este y el oeste de Alemania, divididos en la República Democrática Alemana y la República Federal de Alemania respectivamente en 1949.

Tuvieron que esperar hasta después de la cena para saber qué sucedía. Fue el capitán del barco el que les explicó por qué el cambio de itinerario: los rusos acababan de levantar un muro en medio de Berlín, la capital alemana, aprisionando a todos los habitantes del este de la ciudad.

La guerra fría había dejado de serlo, les hizo saber el capitán, y ahora se encontraban “en el umbral de un grave conflicto de consecuencias impredecibles”.

 

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Pitol reconoció que entonces debió asustarse, pero sintió todo lo contrario: le emocionaba encontrarse en un momento histórico, aunque eso significara quedar atrapado dentro de una guerra. “Me regocijaba poder encontrarme en el medio de uno de esos que pueden convertirse en parteaguas de la historia”, escribió.

El capitán les dijo que desembarcarían en Bremerhaven, un puerto en la costa norte de Alemania, y de ahí se irían a Bremen, una ciudad de más al sur. Desde Bremen cada quién tomaría un tren a sus respectivos destinos, con boleto pagado, suponiendo que los trenes seguían funcionando con normalidad.

Pitol iba rumbo a la ciudad de Amberes, en Bélgica, pero el boleto que le dieron lo mandó hasta un puerto holandés del que partiría a Dover, en la costa sudeste de Inglaterra. De ahí comenzaría su viaje por varios puntos del continente, un viaje que, él mismo escribió, duró casi 30 años.

 

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