El Salvador, votar no basta

03-02-2019 00:17

En 1992 se firmaron, en México, los acuerdos de paz en El Salvador. Desde entonces, se han llevado a cabo cinco elecciones presidenciales. Este domingo 3 de febrero, los salvadoreños vuelven a las urnas para elegir un nuevo presidente.

Nación azotada por un prolongado conflicto armado interno que entre 1980 y 1992 dejó un saldo de más de 75 mil personas muertas o desaparecidas, cuenta con una extensión apenas superior a los 20 mil kilómetros cuadrados, y tiene casi siete millones y medio de habitantes. A los que hay que sumar más de millón y medio que se hallan en el extranjero.

Desde hace algunos años, dada su propia naturaleza, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) ha venido insistiendo en la necesidad de construir una mirada regional que, sin menoscabo de las condiciones particulares de cada país, despliegue pistas y proporcione insumos para la discusión y atención de los problemas sistémicos de pobreza y rezago en todos los ámbitos que presenta América Latina.

Se trata de fincar en la región latinoamericana democracias viables, sobre la base de procesos sociales inclusivos, susceptibles de darse, a su vez, en el marco de un desarrollo sostenible cruzado por la noción de igualdad.

La desigualdad, bien se sabe, es una condición histórica y estructural que azota a toda América Latina y que se despliega como un serio obstáculo para el pleno goce de los derechos elementales de los habitantes de la región.

Tal y como señala la CEPAL en su informe sobre Inclusión social, “persisten altos niveles de concentración del ingreso y la riqueza, que conspiran contra la ampliación de la ciudadanía, el ejercicio de los derechos y la gobernabilidad democrática”.

 

La desigualdad, bien se sabe, es una condición histórica y estructural que azota a toda América Latina y que se despliega como un serio obstáculo para el pleno goce de los derechos elementales de los habitantes de la región

 

Mas, el concepto de desigualdad rebasa con mucho la dimensión económica, fundamental, pero no única. Una noción ampliada de desigualdad ha de incluir, pues, bajo la óptica de propugnar por un desarrollo social inclusivo, el ejercicio de derechos, sí, pero también, el ejercicio de capacidades, de autonomía y de reconocimiento.

Ciertamente, El Salvador está muy lejos de serlo. Si bien el país ha mostrado en los últimos años una tendencia que, de acuerdo con el Banco Mundial ha reducido la desigualdad, más de la mitad de su población se mantiene dentro de los dos quintiles inferiores en materia de ingreso. Una cuarta parte de la población total, también según el BM, vive en lo que se denomina “pobreza crónica”, esto es: nació y morirá pobre.

Si esto fuera poco, casi el 40% se encuentra en movilidad social descendente, es decir, sus condiciones de bienestar decaen progresivamente.

En este horizonte, los indicadores de acceso a Internet e inclusión digital confirman el panorama general. Configurándose, además, como formas que agravan (y acaso perpetúan) las condiciones existentes de desigualdad y marginación.

Difícil, por decir lo menos, es imaginar el ejercicio de derechos, capacidades, autonomía y reconocimiento, que no pase por una decidida ampliación del acceso y adoptación por parte de los ciudadanos de los bienes y servicios que las plataformas digitales ofrecen.

 

los indicadores de acceso a Internet e inclusión digital confirman el panorama general. Configurándose, además, como formas que agravan (y acaso perpetúan) las condiciones existentes de desigualdad y marginación.

 

En su reporte de 2014, el Índice Mundial de Conectividad colocó a El Salvador en el lugar 98. Y aunque hay que reconocer que el país pasó de un 10% de penetración de Internet a rozar casi el 20% entre 2010 y 2017, se mantiene en el penúltimo sitio, solo arriba de Nicaragua, en cuanto a acceso digital.

Adicionalmente, menos del 5% de las conexiones a Internet en El Salvador superan los 15 Mbps, en contraste con los países desarrollados donde hace tiempo que esta velocidad superó el 50% de la conectividad total.

La Agenda Digital se torna así una necesidad de primer orden para El Salvador, en particular, y para Centroamérica en su conjunto.

La consolidación de la democracia, el ejercicio pleno de los derechos, están cifradas, en buena medida, en la ampliación de la conectividad, así como en el rol que juegue la alfabetización mediática en términos de inclusión digital y estímulo de las creatividades y capacidades de innovación.

Enorme es el desafío de futuro para esta pequeña y valerosa nación. Del mismo tamaño es su oportunidad de éxito.

En una agenda digital audaz y efectiva descansa buena parte de él.

 

@ATenorioM