El sexenio de las grandes esperanzas

07-12-2018 08:13

Ha comenzado un gobierno sin precedentes. El primero de izquierda elegido democráticamente. Por supuesto, cabe discutir qué tanto representa los valores de una izquierda moderna al no pretender aumentar los impuestos, ni el gasto gubernamental, ni la deuda pública, que adelgazará la burocracia y abrazará un acuerdo que todavía parece de libre comercio.

También es debatible su talante democrático al plantear militarizar la seguridad interior, concentrar los poderes de la acción pública en las entidades federativas en superdelegados políticos, y una política social que puede derivar fácilmente en discrecionalidad y clientelismo. Sin embargo, no cabe duda de que estamos en presencia de algo que tiene la oportunidad extraordinaria de convertirse en un nuevo régimen.

Desafortunadamente, el nuevo gobierno comienza con bajos estándares, aunque con grandes esperanzas. Tómese como ejemplo el discurso de protesta del ahora presidente.

Tras un agradecimiento mínimo a quien lo antecedió en el cargo (no merecía más), Andrés Manuel López Obrador hizo un diagnóstico flamígero de nuestros presentes males, desde la ineficiencia económica, hasta la diabetes, pasando por la desigualdad y la pobreza. A estos, y a muchos otros problemas el presidente les encontró un denominador común, al cual llamó, en repetidas ocasiones “neoliberalismo”.  Tristemente, este término, como el de ‘fifí’, que parecen comunicar cierto contenido, distrae de lo central.  

En el discurso político, el término neoliberalismo es una etiqueta que suele ponerse a la promoción de la economía de mercado, al libre comercio, a reducciones del gasto público y de impuestos, y a un menor intervencionismo del Estado, pero que suele adherirse a una multitud de elementos, desde a una política social enfocada en la pobreza extrema (“la ambulancia que recoge los heridos del modelo económico”) hasta al contubernio empresarial para manipular comisiones bancarias (usualmente, lo contrario al libre mercado). 

Un mayor rigor habría llevado al presidente a decir que llevamos décadas, si no siglos, con instituciones y gobiernos capturados por intereses particulares, por los económica y políticamente poderosos, a los que les tiene sin cuidado el grado de competencia o eficiencia de los mercados, o el tamaño del aparato del Estado, mientras ellos se beneficien. Paradójicamente, lo que describe esta situación es un término menos rimbombante que “neoliberalismo”: se llama capitalismo de cuates.

Por supuesto, el presidente puede darse ciertas libertades retóricas el primer día de su mandato, cuando poco o nada ha hecho oficialmente como primer mandatario. Puede concentrarse en condenar azotes sociales y prometer su completa solución, con toda la bonanza que a esto le acompaña, aunque sin señalar el camino concreto para alcanzarla.

Puede dar, con la investidura presidencial, su último discurso de campaña y generar enormes expectativas. Y eso es precisamente lo que ocurrió. Al término de su discurso más del ochenta por ciento de los ciudadanos se sintieron optimistas respecto al futuro del país, un porcentaje muy superior al poco más de cincuenta por ciento que votó por él.

Sin embargo, la licencia que puede darse un presidente que se estrena no alcanza para bajar los estándares de la vida democrática del país y que sus simpatizantes afirmen que vivimos una toma de protesta verdaderamente republicana simplemente porque no hubo disturbios graves por parte de la oposición. Tampoco permite confundir la aprobación presidencial con la concordia política, ni la verbena popular con el consenso. El efímero optimismo, por más compartido que sea, no borra las desigualdades económicas ni las divisiones de clase. No alcanza para cantar aleluyas a un nuevo régimen.

 

la licencia que puede darse un presidente que se estrena no alcanza para bajar los estándares de la vida democrática del país y que sus simpatizantes afirmen que vivimos una toma de protesta verdaderamente republicana simplemente porque no hubo disturbios graves por parte de la oposición.

 

Ni las mayorías de votos, ni las burocracias condensadas, ni los cambios de discurso, ni la nueva gestión de ilusiones definen una transformación a fondo del régimen actual.  Sólo lo podrán hacer nuevas instituciones, que sobrevivan a sus creadores, y persistan en el tiempo, y para ello se requerirá que se diseñen a partir de la más sólida evidencia.

Ya hay algunas señales de caminar en este sentido. Se ha planteado la unificación del IMSS y el Seguro Popular, y esto puede llevar a la seguridad social universal. Parece mantenerse la evaluación de los docentes para su entrada al sistema educativo y su promoción, lo que, junto con otras medidas, podría ser el inicio de una calidad de la enseñanza más extendida. El programa de becas para jóvenes puede compensar las desventajas de los llamados ninis (que ni tienen oportunidades para estudiar ni para trabajar) mientras se ponen en juego soluciones de fondo.

Sin embargo, es temprano para tomar lo razonable de estas acciones como evidencia de sus resultados.

Hoy, es entonces particularmente pertinente la frase del libro de Dickens “Grandes esperanzas”: "Acostúmbrese a no considerar nada por su aspecto, sino por su evidencia. No hay regla mejor que ésta."

 

@equidistar