El Observador

Perder el tiempo con Trump o actuar ya

01-02-2017 10:29

El presidente Trump está empecinado en sacar ventaja de la relación comercial que tiene con México a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) desde hace 22 años.

En la campaña presidencial se presentó como el salvador de los empleos y de la competitividad de sus compatriotas, haciendo de México el villano favorito que ha robado los empleos y los ingresos de los estadounidenses a través del TLCAN. Así que una y otra vez se dedicó a golpear y a humillar a los mexicanos con gran éxito.

Trump vendió a su electorado la falsa idea de que México es el causante de su enorme déficit comercial y de una fuga consistente de empleos de Estados Unidos a México en los últimos años.  Una idea simple, fácil de comprar para un electorado que había sido recientemente sacudido por  la larga crisis que estalló en 2008; pero falsa.

Trump no entiende –o no quiere entender- que el TLCAN ha sido altamente benéfico para la competitividad de las empresas estadounidenses frente el mundo bajo los nuevos modelos de producción globales que aprovechan las ventajas de la tecnología, la especialización y los costos, particularmente frente a sus competidores asiáticos y europeos, y mañosamente bajó el perfil del enorme déficit (casi la mitad de su déficit global) que mantiene Estados Unidos con China, un contrincante de otro peso político global.

Así que decidió golpear a su rival más débil durante la campaña, seguir golpeándolo en los primeros días de su gobierno a través de tuits en el afán de poner de rodillas al gobierno mexicano y obtener nuevas ventajas del acuerdo comercial con su vecino del sur. Trump dedicó todo su tiempo a su primera victoria calculando obtener fácilmente su primera triunfo y sentando un precedente para luego ir con rivales más complicados. México sería su sparring.

Si bien el presidente Peña Nieto se vio presionado a cancelar la reunión programada con Trump y que la mayoría de los medios estadounidenses interpretaron como un revés al petulante inquilino de la Casa Blanca, Trump no admite derrotas. No con México, ni al iniciar su gobierno.

Diez días después de asumir el gobierno, el presidente estadounidense no ha cambiado su idea hacia México, ni su intención de obtener las ventajas que se propuso. No podríamos pensar de otra manera, después de que ayer cesó con insultos a Sally Yates, la fiscal general en funciones, después de que Yates cuestionó la legalidad de la prohibición de inmigración impuesta el fin de semana por Trump

Para el presidente estadounidense no solo es una cuestión de capricho, orgullo y prestigio al arranque de su gobierno, sino incluso es una cuestión de animadversión personal en contra de México como lo ilustran una serie de conversaciones que tuvo en el pasado con socios del país en sus negocios en territorio mexicano. Aquello de que “honestamente no me importa México”, dicho a los editores del Wall Street Journal en noviembre de 2015 no es un dicho más, es una expresión de repudio porque los mexicanos –según él- son corruptos y tramposos.

Así que la negociación con el gobierno mexicano sobre el TLCAN no tiene tintes de éxito en el horizonte cercano, ni de mediano plazo. La reciente conversación telefónica con el presidente Peña Nieto en la que ambos acordaron no hablar del muro fronterizo y de su pago por los mexicanos, evidencia la verdadera intención de Trump.

En este contexto la insistencia del canciller Videgaray de negociar y negociar con Trump y sus enviados parece, lamentablemente, una pérdida de tiempo si México realmente quiere mantener las reglas fundamentales bajo las que ha funcionado el TLCAN.

El escenario más probable es que Trump no retire sus demandas y que la supuesta negociación con México solo alargue la incertidumbre en detrimento de la posición financiera y de inversiones hacia México que el gobierno debe evitar dada la fragilidad de sus finanzas públicas. Pero no solo eso, la alta posibilidad de que Trump anuncie cambios importantes en su política fiscal en el sentido de sus promesas de campaña de bajar los impuestos a las empresas estadounidenses, colocaría en un serio predicamento a la estabilidad de la economía mexicana.

Así que el gobierno de Peña Nieto no debe perder el tiempo y actuar en un doble carril: Por un lado calcular realistamente hasta dónde puede llegar con el gobierno de Trump en las reglas irrenunciables del TLCAN para México y, simultáneamente, en la convocatoria de un acuerdo nacional para impulsar medidas económicas que potencien las reformas aprobadas, que atraigan capitales y que fomenten el mercado interno.

Y eso comienza necesariamente con acciones que den confianza a los capitales, como una mayor transparencia en el proceso de consolidación fiscal, el uso intensivo y transparente de los programas sociales para contrarrestar los efectos de los ajustes fiscales en los niveles más vulnerables de la población, en un plan bien instrumentado para hacer frente a una inminente reducción de las tasas de impuestos en EU, en un plan agresivo de fomento de la inversiones en infraestructura, y en una cruzada nacional anticorrupción.

No hay tiempo de espera con un tipo como Trump. Las consecuencias de lo que decida y haga México en estas próximas semanas serán decisivas para los próximos años.

 

@SamuelGarciaCOM

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