El Constituyente del 16

11-03-2016 07:58

En diciembre de 1916 comenzaría a sesionar el poder constituyente que habría de conformar la Constitución de 1917. En su integración destacaban el bando progresista del general Obregón y el grupo carrancista de corte moderado. Entre ambos grupos se encontraba una mayoría independiente que atemperaría sus extremos para permitir acuerdos.

Sin duda, muchos de los diputados reunidos en el Teatro Iturbide de Querétaro carecían de la preparación para esa encomienda, pero en ese momento –a seis años del levantamiento maderista- resultó necesario incluir a diversos militares y jefes de facciones revolucionarias que habían tomado las armas por las causas que cristalizarían en el nuevo texto constitucional.

No obstante ello, valiosos debates en tribuna y redacción de textos pudieron presenciarse -en los dos meses de sesiones- de constituyentes notables como Félix Palavicini, Pastor Rouaix, Esteban Baca Calderón, Froylán Manjarrez, Francisco J. Múgica, Heriberto Jara, Alfonso Cravioto, Luis Manuel Rojas, José Natividad Macías Castorena, Manuel Aguirre Berlanga y Cándido Aguilar.

Entre las sesiones más acaloradas se recuerda la propuesta carrancista para desaparecer los ayuntamientos del Distrito Federal, la que no habría de prosperar, sino hasta la presidencia de Obregón.

La Constitución de 17 basaba su conformación en su antecesora de 1857, obra de constituyentes de la talla de León Guzman, Ignacio L. Vallarta, Ponciano Arriaga, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Valentín Gómez Farías, José María Lafruaga, José María Mata o Francisco Zarco.

Por ello, realmente apena que a cien años del constituyente de 1916-1917, Miguel Ángel Mancera salga con la ocurrencia de convocar a un poder constituyente para aprobar la Constitución de la Ciudad de México y peor aún, el que designe a un grupo de “notables” encargados de redactar la iniciativa correspondiente, con personajes como Alejandro Encinas, Guadalupe Loaeza (sí, leyó bien), María Rojo y Miguel Barbosa, entre otros viejos políticos, activistas y académicos con nula experiencia en la elaboración o reforma de estatutos constitucionales y afín –la mayoría de ellos- a las causas políticas del Jefe de Gobierno.

En los últimos 30 años, los chilangos logramos la representatividad que nos arrebató la reforma obregonista que desapareció al municipio libre en el D.F., por lo que, desde hace casi dos décadas, podemos votar por nuestros gobernantes.

El otorgar al Distrito Federal un par de prerrogativas de las que gozaban el resto de las entidades federativas, bien pudo hacerse mediante la adición de un párrafo al artículo 122 constitucional, pues vale señalar que la Ciudad de México no será un estado más de la federación.

Sin embargo, eso no resultaba rentable políticamente para Mancera quien, echando mano de los contribuyentes, armará un inútil y costoso tinglado (de más de 500 millones de pesos) para hacernos creer que los habitantes de la Ciudad de México gozaremos, por primera vez desde la fundación de Tenochtitlan, de un estatuto organizacional.

Es insostenible que pretendamos darnos una constitución cuando resulta que somos una ciudad que no puede darse un reglamento de tránsito decente. Para los capitalinos es más importante recuperar las vueltas continuas a la derecha, que conformar una carísima burocracia de ayuntamientos para beneplácito de los partidos políticos. ¿Qué sigue? ¿Un estúpido concurso de gentilicios?

@erevillamx

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