¿Libertad para qué? La izquierda, Fidel y la religión comunista

01-12-2016 13:34

Dos personajes tan distintos como Keynes y Fernando de los Ríos realizaron en los años 20 sendos viajes iniciáticos a la Rusia soviética.

El primero quería conocer de primera mano lo que estaba sucediendo en el nuevo país bolchevique, y fruto de esa impaciencia intelectual viajó en 1925 a la antigua capital de los zares con su esposa, Lidia Lopokova, primera bailarina de los célebres ballets rusos de Serguéi Diáguilev.

Fernando de los Ríos, por su parte, partió hacia Moscú en 1920 con la misma intención. Pero con un objetivo declarado: sopesar la idea de que el Partido Socialista se pudiera integrar en la Tercera Internacional. Fruto de ese viaje nació un extraordinario libro ('Mi viaje a la Rusia sovietista'), publicado un año después, y en cuya dedicatoria se puede leer: ‘Al Partido Socialista Español, con el más profundo respeto’.

Keynes, un economista, y Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Político, llegaron a la misma conclusión: los nuevos dirigentes bolcheviques habían creado una nueva religión. “En cierto modo”, decía el sabio de Cambridge, “el comunismo no hace más que seguir a otras religiones famosas. Exalta al hombre común y lo convierte en el todo”. Como otras nuevas religiones, continuaba Keynes, “el leninismo obtiene su poder no de la multitud sino de una pequeña minoría de conversos entusiastas, quienes tienen la fuerza de cien indiferentes gracias al fervor y a la intolerancia”.

Fernando de los Ríos, por su parte, hablaba de que la revolución estaba empapada de una “emoción religiosa”. Hasta el punto de que millones de rusos eran capaces de sacrificar su libertad en aras de la dictadura del proletariado. Es muy conocido que cuando Fernando de los Ríos se entrevistó con Lenin, éste le dijo que el periodo de transición hacia el comunismo sería muy largo “cuarenta o cincuenta años”, y a continuación le espetó: “Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de esta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

En Cuba han pasado más de “cuarenta o cincuenta años” desde que el repugnante régimen de Batista (una marioneta de EEUU) fuera liquidado. Pero desde entonces, el nuevo régimen nunca ha encontrado el momento para acabar con el periodo de transición. Es decir, para vivir en libertad.

La revolución y las elecciones

El propio Fidel lo reconoció en La Habana el 9 de abril de 1959, tan solo unos meses después de tomar el poder, y una semana antes de su primer viaje a EEUU ya como líder de la revolución: “Queremos que cuando lleguen las elecciones todo el mundo esté trabajando aquí; que la reforma agraria sea una realidad; que todos los niños tengan escuela; que todas las familias tengan acceso a los hospitales; que todo cubano conozca sus derechos y sus deberes; que todo cubano sepa leer y escribir. ¡Entonces sí podremos tener elecciones democráticas!”.

La izquierda europea, desde un primer momento, entendió que la democracia es un camino largo que no se puede imponer a golpe de “decretos comunistas”, como decía De los Ríos. Y de ahí que la revolución cubana tuviera desde un primer momento el respaldo de la mayoría de los intelectuales que en sus países —salvo en España— disfrutaban y defendían un sistema de libertades imbatible en el mundo. El discurso revolucionario era verdaderamente atractivo en un continente plagado de asonadas militares y de corrupción.

Al fin y al cabo, Cuba representaba el último baluarte contra el imperialismo y la doctrina Monroe, y defender a Castro era lo mismo que defender a los oprimidos, cuando, además, los avances sociales durante los primeros años del castrismo eran más que evidentes en cuestiones como la salud pública o la educación. La Habana era para Latinoamérica, en definitiva, lo que la Comuna de París significó para Europa cien años antes.

Esta visión ciertamente instrumental de la libertad —una herramienta que se utiliza para lograr determinados fines políticos— es la que ha permanecido en el tiempo. Algo que explica que la existencia del régimen cubano la hayan entendido algunos como un tributo que hay que pagar para conquistar el paraíso. Paradójicamente, negando en la isla caribeña lo que en Europa es un clamor. 

Muchos de los indignados que denuncian —con razón— prácticas antisindicales en España o la existencia de una ‘ley mordaza’ que merma el sistema de libertades, ven con naturalidad que en un país no se celebren elecciones libres. O que los militares controlen el poder político y hasta la estructura productiva del país. Curioso que en la España franquista se reclamara 'amnistía' y 'libertad' por los demócratas, pero los cubanos —57 años después de la revolución— no tienen derecho a vivir libremente.

Esta contradicción hay que vincularla, sin duda, a una cuestión de mayor enjundia que tiene que ver con esa ‘emoción religiosa’ que está detrás de muchos comportamientos políticos. Y que se produce cuando la política deja de ser el espacio de confrontación de las ideas y se convierte en un fin en sí mismo: lo importante es alcanzar el poder y detentarlo hasta que sea posible. Al fin y al cabo los protagonistas del cambio se sienten el pueblo elegido. Como cuando Lenin se preguntaba libertad para qué. Por eso florece la demagogia y el populismo. Porque al correligionario se le permite todo. Lo importante es la secta, la religión, aunque se pisoteen los derechos humanos.

Más allá de esta consideración, lo relevante es la permanencia en el tiempo de una idea tramposa: la libertad política es un freno a la hora de lograr determinados objetivos. Cuando sucede, justamente, todo lo contrario. Como se ha demostrado en las naciones más avanzadas del planeta, y que lo son, precisamente, porque tienen democracia y libertad. Cuba tenía y tiene derecho a reclamar su soberanía frente a una potencia, EEUU, que ha convertido el embargo en el mejor aliado de los Castro, pero no a costa de los cubanos.

Es inútil realizar un ejercicio de ucronía para intentar reconstruir lo que hubiera sido Cuba si a mediados de los años setenta —y ante el evidente colapso del sistema soviético y el agotamiento del discurso revolucionario— Fidel Castrohubiera dado por cerrado el periodo de transición —esos 40 o 50 años de los que hablaba Lenin— y hubiera democratizado el régimen. Pero sí se puede saber lo que ha pasado. Que cuatro generaciones de cubanos no saben lo que es votar ni vivir en libertad. Tan fácil como esto. Y algunos lo añoran. En fin...

 

Carlos Sánchez es director adjunto de El Confidencial
** Artículo reproducido con autorización del autor

@MientrasTanto

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