La protegida industria del turismo

11-04-2019 13:21

En 1840 un economista mandó al parlamento francés una carta muy irónica, con visos de broma, haciéndose pasar por un fabricante de velas (de cera).

En la carta, como fabricante se quejaba de que estaba siendo arruinado por la competencia, a la que llamó desleal por parte de un rival que estaba inundando el mercado con luz a un precio irrisorio: gratis. ¿Quién era ese competidor despiadado? ¡Era la luz solar!

En la realidad de ese entonces los fabricantes de velas franceses estaban solicitando al parlamento francés que pasara una ley de construcción de vivienda que prohibiera las ventanas; y que se taparan las que ya las tenían, de manera que el sol no pudiera entrar por la ventana. Así, argumentaban, se salvarían los fabricantes de velas de irse a la bancarrota y con ello podrían mantener el empleo que generaban.

Esta anécdota la recordé después de escuchar a los empresarios del turismo la semana pasada. Le reclamaron al Presidente que necesitaban que se gastara en promoción para atraer más visitantes a México. Que los niveles de ocupación estaban descendiendo. Para mí, en el fondo, es como si un fabricante de papel de baño le reclamara al gobierno que se hiciera cargo de su publicidad porque la gente estaba dejando de comprarles, para utilizar “bidets”.

La industria del turismo en México ha sido consentida por décadas, sobre todo a partir de los inicios de los años sesenta cuando se promocionó Acapulco como destino turístico internacional. Aun cuando Salinas ganó la presidencia y su entonces secretario de Comercio y Fomento Industrial declarara que la mejor “política industrial era la que no existía”, la Secretaría de Turismo no desapareció.

Es decir, la política en materia de turismo nunca ha dejado de existir y, para los empresarios de ese ramo, eso significa que el gobierno se haga cargo de su publicidad, desarrolle infraestructura, y provea de una serie de subsidios e incentivos varios, del que no gozan otras industrias.

Si hubiera habido consistencia en el gobierno de Salinas se pudo haber dicho “la mejor política de turismo, es la que no existe”. Los grandes hoteleros han gozado de subsidios (de los contribuyentes) en distintas formas.

Hay muchas hipótesis de por qué el gobierno mexicano apoya esta industria (EU, el país con mayor número de turistas en términos absolutos, no la apoya a nivel federal). Las dos principales son que i) es un sector intensivo en trabajo; y, ii) que genera divisas. Es decir, es bueno para un político decir que se incrementó la recepción de divisas y que el desempleo desciende en las zonas donde se desarrolla el turismo.

Por esto, se ha argumentado, es justificable que el gobierno intervenga con recursos presupuestarios destinados al desarrollo de infraestructura, promoción, y hasta subsidios. Incluso cuando ocurre un desastre natural, se han destinado inmediatamente recursos, a diferencia de lo que ocurre con otros sectores. ¿Realmente existe una falla de mercado como para que se justifique la intervención?

 

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Por el lado oscuro, al político le gusta promocionar el turismo porque se presta a especulación inmobiliaria, incluso a costa de la degradación de zonas naturales protegidas. Así, la co-participación del político con los hoteleros deja cuantiosas ganancias; repito, incluso a costa de degradar las zonas naturales. Basta ver qué pasó con Acapulco, con Cancún y más recientemente, con Los Cabos (al dar la vuelta del arco de Cortés, uno aprecia hoteles incrustados sobre los acantilados que son una maravilla natural!) y la Riviera Maya (donde incluso Trump tiene o ha tenido intereses y ha participado de la degradación de la zona). Costa Rica, por el contrario, prohíbe la instalación de hoteles en las playas y su turismo se ha incrementado.

Dicho esto, mis propias estimaciones econométricas me arrojan que lo que más explica el turismo internacional es, primero, la actividad económica mundial, y en particular, la americana; y, segundo, el tipo de cambio. Cuando uno introduce el presupuesto público en turismo a la estimación econométrica, el efecto es nulo.

Por su parte, la seguridad pública resulta importante en explicar el turismo por tierra. Cuando el turismo internacional es unidestino (que es el que caracteriza a México), por ejemplo, solo a Los Cabos, el nivel de seguridad pública no impacta (medido en noticias adversas). El tipo de turismo que el crimen organizado detiene parece ser el multidestino al interior del país.

 

Lo que más explica el turismo internacional es, primero, la actividad económica mundial (en particular, la americana); y, segundo, el tipo de cambio. Cuando uno introduce el presupuesto público en turismo a la estimación econométrica, el efecto es nulo.

 

Es decir, cuando la economía gringa va bien, y hemos tenido depreciación (periodo 2014-2017, ambos fenómenos), se ha alcanzado récord de visitantes internacionales a las playas mexicanas. A la vez, el crimen también registró picos en ese periodo.

Hoy día la economía mundial está en plena desaceleración, y el tipo de cambio ha estado estable, por lo que el turismo internacional ha decrecido en nuestro país. Es normal. La publicidad gubernamental no necesariamente ayudará. Los empresarios debieran idear formas para atraer turistas en épocas de crisis, pero les corresponde a ellos, no al gobierno.

El turismo es volátil y eso se sabe en todo el mundo. La inversión en valores bursátiles también y se han ideado instrumentos para manejar el riesgo (donde el gobierno no ha intervenido). Los hoteleros debieran también aprender a manejar el riesgo. Es una industria que ha sido sobreprotegida, y con ello hemos ocasionado que no manejen los riesgos. Desconozco qué tan bien usen los productos derivados, pero sería bueno que se estudiara este caso.

El libre mercado es el libre mercado.

 

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¿Es suficiente el argumento de que la industria es intensiva en mano de obra y generadora de divisas, para socializar las pérdidas y gozar individualmente las ganancias? Solo espero que no le manden una carta a los diputados para que prohíban a su peor competidor: las crisis económicas mundiales; tal y como lo hicieron los fabricantes de velas franceses en el siglo XIX.