Urge la vuelta al humanismo

16-06-2019 08:58

Si el humanismo es el progreso del ser a través del acuerdo entre los seres humanos para poder convivir, que se logra desde la razón y la filosofía dijera Guillermo Fadanelli -y desde la empatía y la intuición, agregaría yo- cuán importante es hoy centrarse en él para no desnaturalizarnos.

Perdidos entre nubes espesas de información y datos, inundados en deseos insatisfechos de consumo, agobiados más por parecer que por ser, por tener y desechar cosas y personas, la modernidad nos plantea caminos peligrosos e inciertos, que nos alejan de un progreso real.

La prisa, el miedo, la depresión, la apuesta cortoplacista, las constantes distracciones, los estereotipos de éxito impuestos desde los medios masivos para mantener a la economía rodando a costa del planeta, nos han ido arrinconando hacia callejones de los que solo se sale depredando, imponiendo, ejerciendo alguna forma de violencia.

El lenguaje destructivo y un absoluto desdén por el pensamiento, por la reflexión se han vuelto una constante, se prefiere la reacción visceral al pensamiento, pues es más fácil pensar con el hígado que con el lado derecho del cerebro. No hay tiempo para el análisis pues no hay tiempo para pensar, mucho menos para pensar en el otro o desde el otro. Sin tiempo ni voluntad para la filosofía, la literatura, la ciencia, ni para la búsqueda de uno mismo como ser, no veo con optimismo la posibilidad de cambio social.

La cultura y el conocimiento no son un esmalte para aparentar ser más, no son una exquisitez de las élites, son la construcción de generaciones y generaciones de seres humanos que pensaron en el otro, en cómo vivir civilmente, en cómo superar la escasez, la esclavitud, la enfermedad y la injusticia colectivamente, cómo resolver el conflicto con menos animalidad y más pathos y ethos. Cómo poner la lengua y el lenguaje al servicio del diálogo entre las personas para acomodar las aspiraciones de todas al mismo nivel y con dignidad.

 

El lenguaje destructivo y un absoluto desdén por el pensamiento, por la reflexión, se han vuelto una constante; se prefiere la reacción visceral al pensamiento

 

Hoy día la difusión de la información, del arte y todas formas de cultura es amplísima, y lo celebro mucho, tanto como la imprenta de Gutenberg. Quien piensa, lee, escucha, observa, experimenta, refuta y cuestiona, está mucho más cerca del conocimiento y la civilidad que quienes no lo hacen. Pero la difusión no basta, no bastan las políticas públicas de difusión de la cultura, necesitamos hacerla parte de la vida diaria, crear, ser artistas, filósofos, sentir, escuchar y entender la naturaleza para poder cuidarla, preguntar y cuestionar antes de asentir o rechazar ciegamente.

Hoy más que nunca ante la automatización industrial, ante la deshumanización del proceso de toma de decisiones, ante la monetización de los datos que genera un consumidor y un ciudadano, como único aspecto relevante del ser, el humanismo como en el siglo XV, será un contrapeso fundamental ya no de las religiones, hoy también en agonía, sino contrapeso frente al poder anonimizado de la supremacía tecnológica.

Serán los principios y libertades fundamentales, aquéllos que no caben en un algoritmo, los que habrán de servir de brújula y juez ante la hegemonía tecnológica que, dicho sea de paso, estará en manos de un oligopolio al que nadie se atreve a desmantelar de fondo.

Filosofía y filósofos, neurocientíficos, sociólogos y psicólogos, serán imprescindibles defensores de lo humano, pero el ser, cada uno de nosotros tendría que asirse ya, si no lo ha hecho, especialmente los jóvenes, al estudio del ser, al poder del conocimiento del ser como única forma de hacernos sensibles a los demás, a la naturaleza y a la armonía de los seres humanos entre sí y con aquélla.

Reproducir sin ética alguna seres humanos genéticamente manipulados en un laboratorio, como si fueran soya, será el principio del fin del ser humano como ser único e irrepetible, con libre albedrío, con capacidad de amar y de conocer y evolucionar.

 

Serán los principios y libertades fundamentales, aquéllos que no caben en un algoritmo, los que habrán de servir de brújula y juez ante la hegemonía tecnológica

 

Ni la conquista del espacio, ni  las comunicaciones 5G, ni el Internet de las cosas, ni la prolongación de la vida, ni la inteligencia artificial serán suficientes para lograr el progreso  del ser en lo individual ni en su relación con otros seres y con la naturaleza, si seguimos ignorando al ser.

Ante esto, y ante la ya evidente prevalencia de la dimensión económica del ser humano, como productor y consumidor y la sociedad, como mercado, el Estado y los políticos se están difuminando como actores centrales, tendrán cada día menor peso específico en el orden global. Sus símbolos, su retórica, sus promesas falsas ya no engañan a nadie, la falta de liderazgo ético, la soberbia y la ignorancia los hace equivocarse más y más, la evidencia dura que arrojan los datos, los exhibe en sus errores e inconsistencias. Finalmente un político debe saber y guiar hacia el bien común, y cuando menos hacerle caso a los que saben.

Ello nos lleva a cuestionar el modelo de Estado actual, que es más parte del problema que de la solución. La Nación Estado, que salvara a Europa del decadente feudalismo y de los excesos de la iglesia, ya no parece ser un buen modelo seis siglos después. Y las alternativas no son alentadoras.

La nación  global o continental por su parte, como estamos viendo, está teniendo serios problemas y enfrentando resistencias, cosa que no sorprende pues desde su origen adolece de una imperdonable contradicción: mientras pretendió eliminar las barreras al comercio internacional y a la inversión extranjera, prohibió o restringió severamente el libre flujo de personas, fórmula diseñada para el fracaso.

Globalización sin migración es como libertad sin oxígeno, es una negación de las libertades fundamentales del ser humano, moverse; de nuevo se dio preferencia al hombre económico, al consumidor, que al ser en su integridad.

 

@LabardiniA